junio 04, 2013

Lugares en el mundo

Cuando conozco a alguien observo, entre otras cosas, la presión que ejerce con las manos. Es decir: cómo te da la mano y el modo o la fuerza al momento en que te abraza. La intensidad del contacto. Distingo el acto reflejo de la intención de vínculo.
A diario conectamos con el otro por inercia y por educación, pero quizás no nos interesa establecer un vínculo más allá de eso. Al menos, no con la mayoría.  

Muchas veces dije que doy lindos abrazos (y estoy convencida de ello) supongo que porque —además de cuestiones óseas— establezco una relación vincular con todo el cuerpo. 
Si te abrazo te pongo bajo mi ala, sostengo el peso de todo tu cuerpo sobre mí… Y el peso de tu fuero más íntimo, también. 
El abrazo implica intimidad y una desconexión con el espacio que lo rodea. En el enlace sólo existen dos y al separarnos, nos habremos modificado mutuamente.
Creo que también me gustaría que me recuerden por el contacto del cuerpo generado: cómo nos abrazamos, como nos miramos. Como nos sostuvimos sin emitir palabra.

Sin embargo, aunque abrazo mucho y con fuerza pretendiendo que la sensación se prolongue más allá del contacto efectivo, no dejo que me abracen con la misma frecuencia.
No bajo las armas fácilmente. Me cuesta descargar el peso de toda mi vida sobre alguien. Me cuesta desnudarme.  
Porque es más fácil desvestirme que desnudarme. 
Porque en la cama, no es imprescindible el vínculo y no hay necesidad de bajar las armas. Ni siquiera sé si me interesa que me recuerden por la cama. 
Porque, tal vez, no me interesa que se vea más allá de la cáscara.
Porque si pasás la cáscara vas a ver cómo el mundo se me cae a pedazos. 

Porque, y seguramente, sienta que pocos y determinados abrazos son mi lugar en el mundo para estar.

marzo 21, 2013

Nada


No me acuerdo qué tenía puesto ni qué me dijo el día que nos conocimos, pero me acuerdo cómo miraba. Cómo me miraba.
Recuerdo, también, que yo no lo miraba demasiado. No sé mentir cuando miro. Tampoco tenía ganas de mentirle, pero por las dudas no lo miraba. O no lo miraba porque me conozco. 
Pensé algo gracioso, inteligente, elocuente que decir y, sin embargo, no dije nada. «No la cagues», pensé. Pensé varias cosas más que seguramente se me notaron en los ojos. Y no pude decir nada. 
Supongo que mis intenciones se perdían entre la gente. Al menos, intenté disimularlas. 
Al final de la noche, nos despedimos y me fui caminando por una callecita poco transitada para que mi mente me retara tranquila sin el ruido de los autos. 

Mandale un mensaje. No mejor no se lo mandes. ¿Qué le digo? Mejor no le digo nada. 

De la lucha de mis ganas y el miedo al rechazo, gano el silencio.

Al poco tiempo, lo volví a ver. Esta vez, más preparada mentalmente para ser simpática y emitir sonido. Dije pavadas, creo. Dijimos. 
También me acuerdo cómo miraba. Sin embargo, no entendí que decía cuando me miraba. Podría haberle dicho que me gustaba que lo hiciera o que tenía lindos ojos; pero no, hablamos pavadas: del tiempo, de qué calor y qué lindo esto o aquello.
Y otra vez el dilema, y otra vez quedarme paralizada y sin mandarle un estúpido mensaje que dijese «qué lindo verte» o alguna estupidez de esas que decimos cuando nos gusta alguien.

Parecía que prefería conservar la duda por el miedo a que me diga que no. En realidad, no quería sentir esa incertidumbre pero tampoco quería tener la certeza de que no sabía ni cómo me llamaba.

—Bueno, olvidate. Si no movés las fichas, guardá el tablero—me decía bastante a menudo, practicando caras serias frente al espejo.

Intenté convencerme por repetición de la frase, y cuando estaba convencida de que me había olvidado hasta de su nombre, lo volví a ver. 
Me miró y sonrío. 
No pude mirarlo. No quise mirarlo. Debo haber balbuceado alguna estupidez mientras veía como se diluían todas esas frases de autoayuda de manual con las que había intentado convencerme de que no tenía sentido confesarle que me gustaba como miraba, como me miraba. Que me gustaba él. 

Otra noche que termina y me muero de ganas de mandarle un mensaje. 

Otra noche en la que gana el silencio.  

diciembre 27, 2012

Sin pretensiones, por favor


«Prefiero ser un cliché 
que un standard.»

Existe una constante necesidad de no caer en el cliché, por obvio, trillado y, fundamentalmente, por cursi.
Para no sonar como frases hechas nos vestimos de pretenciosos y adornamos todo lo mejor posible.

Sin embargo, si los sentimientos son similares es imposible no caer en el lugar común. Honestamente, prefiero el cliché a una frase suntuosa que termine no transmitiendo el mensaje tal cual es.

Querer a alguien, extrañar, despertarse triste son clichés: sentimientos comunes, repetidos y sabidos por todos (más o menos así define la señora RAE «cliché» ). Decirlo de modo simple o demasiado lleno de adjetivos no modifica el sentimiento; pero si pecamos de exceso, no decimos nada
.
Porque cliché no es cursi sino demasiado dicho o poco original 
Porque lo pretencioso, aunque no tan común, puede ser cursi y pegajoso. 
Porque pretender impresionar carece de sentido y produce siempre el efecto contrario.  

Elijo decir y escribir lo que siento, lo que pienso o me pasa y que se entienda. Digo, escribo y soy como me nace, desde el lugar de mi cuerpo que surja el sentimiento. Sin pretensiones.

Quiero, además, que me quieran, me extrañen o me odien y comprender el mensaje.

Dale, desnudá de adjetivos la frase y mirame a los ojos. Sé un cliché, que no necesito que seas original sino honesto.